No, no es agradable quedarse a la puerta de museos, palacios, castillos o catedrales, porque no puedes subir los escalones que forman parte importante de la obra arquitectónica.
Pero, bueno, ya lo tengo asumido, y me conformo esperando en la calle, a la sombra de una pared o refugiado en algún bar del entorno, en tanto mis acompañante admiran las obras de artes encerradas entre piedras y escalinatas inaccesibles para mí.
Y, no obstante, estoy contento de poder llegar hasta la puerta de los templos, aunque no pueda entrar para que me conozcan los santos de la penumbra y del silencio. Mi futuro está más en lo moderno, como si los impedidos para andar y las sillas de ruedas fuesen cosas sólo de estos tiempos.
Imagino que el ser humano siempre ha sufrido algunas taras, solo que es ahora cuando no las ocultamos, y la sociedad y nosotros, empezamos a aceptarlo con toda naturalidad.
Y se construye y se hace accesible pensando que mañana seamos viejos, tengamos problemas de salud o seamos discapacitados. No tienen por qué ser grandiosas las obras arquitectónicas por su difícil acceso. Pueden ser, además de grandiosas, cómodas.
A pesar de tener asumida la imposibilidad de disfrutar en directo de infinidad de obras de artes, en todos los estilos, siente uno la frustración de no poder realizar algún sueño, y ver lo que, los más afortunados, pueden ver, e ir adonde ellos pueden ir.
Sin embargo, esa amarga sensación solo se tiene durante el rato de espera a las puertas de algún santuario del arte, y solamente queda el recuerdo de las reflexiones que se hicieron en su momento.
También en la calle se ven monumentos y, además, sonríen y todo.