Hace unos días pusieron unas imágenes en televisión de esas que dejan helada el alma. De esas que hacen dudar de la bondad del ser humano, de la solidaridad, del amor y de todas esas cosas que hoy tanto se pregonan. De esas que ni aún repitiendo muchas veces que somos buenos, damos motivos para creérnoslo. En el fondo, repetimos nuestras bondades para justificar la falta de ellas ¿Cómo se puede justificar la falta de humanidad de las personas que vimos en la pantalla?
Una niña pequeña es atropellada por un vehículo, y después por otro, sin que sus conductores parasen para prestarle auxilio. Ese cuerpocito queda destrozado y agonizante en el asfalto. Ninguna de las personas que pasan se para, y siguen caminando con total indiferencia. Y tuvo que ser la mujer más humilde, la mujer más humana, quizás sin conocer la palabra humanidad, que pasó por el lugar, la que gritó auxilio para la niña herida en el suelo. Y aquella gente que pasaron ignorando la tragedia, ¿no sintieron después remordimientos? Tal vez, hasta eran respetables personas, amantísimos padres de familias, responsables personas y, sin embargo…
¿Qué nos esta pasando a los humanos? ¿Es que la prosperidad, la comodidad y la cultura hacen callos en la conciencia o es el progreso el que la mata?
Hace muchos años, muchísimos, cuando muchos países europeos le llevaban al nuestros más de veinte años de ventajas en progreso y modernidad, ayudamos, dos españoles, a una señora que estaba tendida en el suelo del parque de una ciudad de Suiza. Y viendo con la indiferencia que pasaba la gente, pensé: “cuando en España seamos más cultos y vivamos mejor, pasaran cosas como estas”
Echemos la culpa al progreso, diciendo que nunca será gratis. Lo que se gana en bienestar, se pierde en valores humanos.