Mi amigo Daniel tiene Alzheimer. Enfermedad terrible donde las haya. Con la muerte de neuronas el cerebro se va quedando en blanco, hasta que llega un momento que se borra toda información, quedando el enfermo inutilizado hasta en los menesteres más elementales, en las cosas más básicas del día a día. Mi amigo esta en fase muy avanzada, sin embargo, algunas veces recuerda algo en forma de flash, como una ráfaga, entra algo de luz en su mente, apagándose con la misma rapidez que se produce, apenas puede atrapar el recuerdo. Si observamos al enfermo, no podemos menos de preguntarnos: ¿cómo es posible que haya olvidado con tanta facilidad las cosas que ha hecho durante toda su vida? A los no entendidos, por no conocer los mecanismos de la enfermedad, nos impresiona, sobre todo, aquello que más se ve y se adivina, su soledad. La más negra, triste y sola soledad. No tienen vivencias ni recuerdos, ni hoy ni mañana, y su sombra es la soledad. No puedo evitar estremecerme angustiado cuando veo como se deja conducir, dócil como un niño pequeño, como fía su bienestar y seguridad a las personas que cuidan y acompañan su cuerpo, aunque su alma sigue en soledad. Mi amigo reacciona un poquito a las caricias y a los mimos, se le nota en los ojos vacíos, en la sonrisa marchita, que se esfuerza por recordar. En algún instante parece que mantiene una lucha terrible por conseguir un trocito de recuerdo, pero no, no lo consigue y se apaga más. Intenta contestar preguntas, darle al vocabulario normalidad, pero se encuentra perdido, sin archivos, sin referencias, para continuar. Triste, muy triste vivir sin recuerdos, vivir sin saber nuestro nombre ni el de los demás. Ignorando el placer de los sentidos, en el caos del pensamiento y la anarquía de la oscuridad.
Daniel, mi amigo, me aprieta la mano con fuerza como si quisiera abrir una puerta para que entre luz, y yo se la aprieto con el deseo de disipar su oscuridad. Yo digo algo, él sonríe, nos miramos, yo veo a mi amigo y él, ¿qué verá?