Me he levantado siendo un poco más viejo. Aunque a esto no le echo a cuenta porque viene ocurriendo desde que nací.
Hoy tengo el corazón de fiesta, pues, yo solito, he cumplido años. No quiero que se note, ni que los demás lo sepan. Es mejor que todos crean que para mí no pasa el tiempo, y así hasta yo puedo creérmelo. No me gustan las celebraciones, y mucho menos, las que están relacionadas con la muerte de algo tan importante como son los años. Nunca me enteraré qué celebra la gente, si el haber vivido o haber envejecido doce meses más. En ambos casos, es una pérdida irrecuperable. Pero, tampoco, debe de sentirse penas, por lo menos, hasta que uno esté cerca de la meta. No sé si sería bueno darle la vuelta al marcador, y empezar de nuevo por dieciocho años. Pienso, sin embargo, que tiene que ser aburrido vivir tanto tiempo. Aunque, tampoco eso que dicen los jóvenes, lo de morirse pronto y dejar un bonito cadáver.
Ha llovido mucho desde que habito este mundo. Han pasado muchas cosas, buenas y malas. Nací un mes de octubre de hace cincuenta y veinte años. Dicho así, mi vejez puede pasar desapercibida, al menos, para los que no quieran o no sepan sumar. Para mí sería fácil despistarse, pues ya casi no conozco el mundo donde respiro ¡Ha cambiado todo tanto! ¡Es tan distinto al que yo conocí siendo niño! Aquel recién salido de los tiros de una guerra. De la represión y el hambre. Del estraperlo y las cartillas de racionamiento. De curas y Escuelas Nacionales. Y así hasta la emigración. Y más cerca, fin de la Dictadura y principio de la Transición. ¡Cuántas cosas han pasado! Cuántas he vivido!
Quiero brindar con todos, compañeros en este planeta, amigos de la aventura de la vida. Por lo vivido, por las alegrías y las penas, por haber llegado tan lejos en el tiempo. No importa que mi pasaje esté casi agotado, con pocos visados pendientes y casi todos los años cumplidos. Levanto mí copa virtual y grito: ¡Brindo por todos los que aún vivimos!