Esta es una historia verdadera, aunque sólo la mitad es real y el resto un sueño, tal vez, nacido de un deseo.
Hace muchos años me empeñé en fotografiar castillos de mi tierra. Por entonces estaban casi todos derruidos, pero era un tema muy interesante para historiadores, pintores y, como no, para fotógrafos. Estuve algún tiempo subiendo y bajando castillos, trepando por las ruinas, gateando por paredes caídas, haciendo equilibrios por escaleras y piedras. En esta tarea siempre estaba solo, prefería la soledad porque se concentra uno mejor, y se ven y se hacen las cosas sin influencias ni interferencias de ninguna clase. Disfrutaba con lo que hacía, porque, de verdad, me gustaba. Nunca tuve un percance, ni siquiera una pequeña caída. Pero un día…
Bajaba unas escaleras, muy ancha, muy empinada y muy larga, y casi en la mitad, miré para abajo y me entró un pánico terrible, y aunque inmediatamente me dejé caer en el suelo, no puede vencer el miedo. Nunca había padecido de vértigo, por lo que la sensación era más extraña. Tendido en las escaleras no era capaz ni de subir ni de bajar. Tenía un amargo sabor de boca, pensé que era el sabor del miedo. Y como no podía recibir ayuda, tomé la decisión de bajar arrastrándome de rodillas y sin dejar de mirar para arriba.
Pasó mucho tiempo desde aquel pequeño accidente cuando lo volví a vivir en sueños. Me vi en aquel castillo acabando de hacer las fotos que no puede hacer entonces. Y me vi en las escaleras, y miré para abajo, y allá abajo, lejos, muy lejos, vi a unos niños en la plaza del pueblo jugando con mi silla de ruedas.
