No me enfado por lo que no puedo hacer, me enfado por lo que puedo hacer y lo hago mal. Si una cosa está fuera de mis capacidades, no lo intento siquiera; pero si existe la más pequeña posibilidad de conseguir lo que deseo, no permito que me ayuden. El cuerpo es muy cómodo y se acostumbra pronto al mínimo esfuerzo. Vas cediendo en pequeñas cosas y pronto eres dependiente total de otros. Y a mí la cosa que más me aterra es depender de otras personas. Pienso que, aunque respires, eso no es estar vivo. Estar vivo es luchar venciendo dificultades, echando mano de mañas y habilidades, no pocas veces semejantes a números de circo. A pesar de todos mis esfuerzos, he tenido que renunciar a muchas cosas. Y sin embargo, de mis limitaciones no he hecho una tragedia, pienso, sencillamente, que mi vida es diferente, y por mucha voluntad que ponga y por mucho que me empeñe, no dejará de serlo. Seguiré sin poder utilizar el teléfono, ni comer sin hacer filigranas, ni dejar de tomar café con pajita y sin poder dar saltos, ni de alegría ni pena. De todo ello hay un algo bueno: llevo el asiento incorporado: el de mi silla de ruedas. En la que soy feliz cuando paseo, y la que me lleva para cumplir algún deseo o hacer gestiones de la vida diaria. Quizás esté algo loco, porque en mi cabeza no hay ni un pensamiento de minusvalía, ni siquiera soy consciente de si la gente me ve como minusválido.
No siempre detrás de la máscara de un payazo hay una tragedia. Por lo menos, en mi caso. Soy lo que se ve. Quizás un poco dado al humor negro, de ese que no hace daño, con la sola nota amarga del miedo a la incapacidad total y a la vida sin vida.
Y sin embargo…, pese a todo lo escrito, pese a mi aparente optimismo y coraje para vencer en solitario las muchas dificultades que se me van presentando, y pese a mi presunción de valor, puede que en el fondo esté asustado por el temor que mi mente no resista tanta presión y pierda el equilibrio de normalidad que ha venido disfrutando hasta estos momentos. Puede que mi realidad cambie de color con la llegada de depresiones y dudas. Que la seguridad en mí mismo se rompa y pase a ser historia irrecuperable. En una palabra, que vea la realidad, mi realidad y mi destino.
Mi mayor tormento y castigo sería dejar de ser independiente y ver la vida con los ojos de un depresivo pesimista.
El día es gris con una espesa niebla. Puede que eso me afecte el ánimo y me lleve a escribir lo mismo que he escrito otras muchas veces. Y no por mucho llorar desaparece la pena.