Mis recuerdos empiezan cuando las cartas se escribían mojando la punta de una pluma de acero, no de pájaro, en un tintero y poniendo letras torcidas sobre un papel a rayas. Siempre con el principio de “me alegraré que a la llegada de la presente te encuentres bien yo estoy bien gracias a Dios por la presente…”Ni los puntos ni las coma eran necesarias para entender aquellas cartas que dictaba el corazón. Eran cartas del pueblo y que sólo el pueblo podía escribir y entender. Eran sentimientos con conexión directa entre personas unidas por amor, lazos de sangre o amistad sincera. Más que saber escribirlas y leerlas, parece que bastaba con sentirla. Y se seguía todo un ritual para leer y contestar una carta. Con sus plazos, sus días y sus momentos. Y se esperaba con impaciencia la llegada. Con alegría cuando se recibía, con miedo y preocupación si no llegaba. Y se leían una y otra vez hasta aprenderlas de memoria. Y se guardaban como la más valiosa de las reliquias.
Escribir a los padres, a los hijos, a los hermanos, a los amigos…O escribir cartas de amor a una novia, a un novio o a una ilusión lejana. Transmitir deseos en los círculos y cruces de las despedidas, o dejar un beso con el rojo carmín de unos labios. Y gracias a estas chipas de pasión se podía mantener una relación de enamorados en la distancia y en el tiempo.
La mano que escribía percibía los latidos del corazón, traduciendo la emoción de algunas palabras en letras temblorosas. Con lo que no se puede negar que los sentimientos se metían vivos en el sobre y así los recibía su destinatario. Eran así de humanizadas las cartas de la gente sencilla. De aquellas que ni eran cultas ni tenían estilo.
Y hoy son historia aquellas cartas escritas a mano con borrones de tinta, tachaduras y renglones torcidos. Sencillas palabras sin reglas ni ortografía, con la hermosa imperfección que el corazón dicta a la mano que escribe. Se contaban grandes historias y grandes sentimientos en pocas palabras.
Ya sólo son recuerdos. Ahora las cartas son otra cosa más fría. Con información comercial, notificaciones de la administración, información de Bancos, facturas…Promesas y amenazas de la vida moderna. Tienen en común con aquellas de otra época, que también estas vienen en un sobre, aunque no escrito a mano, ni depositadas con la misma ilusión en un buzón callejero de correos.