Haces pequeñas cosas y ya te crees un artista. Un personaje único en su especie. Y pequeñas cosas las contamos como grandes aventuras. Y es que necesitamos vernos como los mejores porque la vida está llena de frustraciones. Sentimos la necesidad de valorar en mucho lo que hacemos, y mucho más lo que imaginamos. Las personas con vidas sencillas y simples, convertimos pequeños hechos en grandes historias. Importantes para quienes las contamos, simples anécdotas para quienes las escuchan.
Todos los trabajos requieren, además de preparación y destreza, trucos y mañanas, algunas veces, cosas poco limpias. Es buscar un atajo para llegar a conseguir aquello que deseamos. Somos unos pequeños tramposos en la vida, unos simpáticos tramposos en nuestras relaciones. Estas situaciones se dan muy especialmente en el contacto con el público.
En mi actividad de fotógrafo, no pocas veces tuve que valerme del ingenio para obtener los mejores resultados. No pocas veces tuve que hacer fotos con cámara oculta, no pocas veces pedía permiso para fotografiar una cosa y fotografiaba otra. Y siempre, siempre hacía la foto y después, pedía permiso. Camuflaba carretes cuando trabajaba para otro. Me sacaban carretes de las manifestaciones antes que me los velase la policía. También era para mí una tentación hacer fotos en lugares prohibidos. Y pese a todas estas cosas, nunca perjudiqué conscientemente a ninguna persona. Antes de publicar, hacía una buena valoración de las consecuencias, y si no eran las deseadas, pues se quedaban en archivo para una mejor ocasión.
Un fotógrafo acaba sabiendo mucho de la vida y de la gente. Es el notario de todos los acontecimientos importantes. Muchos felices, pero también muchos desgraciados por aquello que la noticia buena no es noticia. Y yo hice, también fotos que en su día fueron noticias, y estuve en el sitio con los protagonistas, y sentí alegrías unas veces, y el peso de la tragedia otras.