Intencionados o no, este verano han ardidos miles y miles de hectárea de nuestros montes, y más lamentable todavía, es que también ha habido pérdidas de vidas humanas, además de viviendas, animales y negocios. En el cálculo del total de pérdidas, la cifra ha de ser astronómica. Pues son muchos los medios utilizados, muchas personas ocupada en las labores de extinción, y al final, la pérdida de montes, animales, cosas y la irreparable pérdida de personas. Han de pasar muchos años antes que lo destruido se recupere.
Hemos visto viviendas destruidas por las llamas, y pueblos a punto de serlo, porque están rodeados de árboles, vegetación y maleza. No se limpia nada. Lo verde esta muy bonito en algunos meses del año, pero en otros arde indiscriminadamente arrasando lo bonito y lo feo. Y la gente es tan confiada como quien construye su casa en el lecho de un río seco. No pasa nada mientras no lluevo mucho.
Yo no digo que a los pueblos haya que rodearlos de fosos como se hacía con los castillos, pero se podía eliminar de sus alrededores todo lo que pudiera alimentar un incendio. Quitar pasto y maleza, y por supuesto, limpiar árboles y cortar ramas. Los hay situados en lugares muy complicados, pero proponiéndoselo hasta se pueden hacer explanadas y cortafuegos para mantenerlos aislados de las llamas. Y todo eso se podría hacer con una pequeña cantidad de dinero del mucho que cuesta sofocar un incendio.
En el pasado algunos montes estaban más limpios que ahora. El hombre tenía otras necesidades. Era importante para él la leña para algún tipo de industria, para hacer carbón y picón para calentarse,; además de infinidad de aplicaciones. Tampoco hay que olvidar el papel del ganado en la limpieza de los montes. En fin, no es mucho lo que se podía evitar, pero algo es algo. Pero entonces el campo no tenía tantas puertas. Ahora esto llena de alambradas, prohibiciones y carteles. Ni siquiera los arroyos están libres, ni los caminos, ni los cordeles de ganado, ni tampoco las cañadas reales.
No sé si viene al caso. Hace muchos años venía en una revista humorística: “CUANDO EL MONTE SE QUEMA ALGO SUYO SE QUEMA, SEÑOR CONDE” ¿En que estaría yo pensando?
No me atrevo a leer lo escrito, porque me temo que he dicho muchas tonterías-
Sin embargo, tómese como mí deseo de contribuir a reducir el trágico y extendido problema de los incendios. Reconozco que mi aportación es muy pobre.