Aunque uno esté enfermo,
hay que procurar vivir como una persona sana. Al fin y al cabo, lo único que
nos diferencia de las sanas, son algunas limitaciones, y esas también las
tienen los más fuertes. Sólo que son de otra clase.
Abunda la gente que se pasa la
vida pendiente de su cuerpo. Hay personas sanas que viven como
enfermos. No viven la alegría de la vida, viven en el sufrimiento. Todos sus
pensamientos giran en torno a la enfermedad, los médicos, las medicinas y la muerte.
Enfermos imaginarios.
Y yo creo que esas personas tan
pesimistas son muy poco solidarias con aquellas que padecen enfermedades graves
y limitaciones insuperables. Y hasta se creen enfermos con una especial
sensibilidad al dolor de la enfermedad. Y poco les importan aquellas otras
personas sin esperanzas y a las que el destino ha puesto fecha de vencimiento
para su coraje y sufrimiento,
Las urgencias de los
hospitales están llenas de hipocondríacos robándoles la atención médica a los
enfermos graves. Quizás ello sea debido al desconociendo de la ciencia médica y
el miedo obsesivo a la enfermedad y sus consecuencias ¿Por qué temer lo
inevitable? ¿Por qué empezar a sufrir antes que llegue el momento?
Y es tan grande la obsesión de
muchos hipocondríacos que se hacen buenos clientes de charlatanes y curanderos,
de esos que hacen el milagro de curar enfermedades inexistentes. Esas que solo
existen en la mente de algunas personas.
Cuando conocí al que luego sería
mi amigo Tadeo, llevaba veinte años sin salir de su casa porque decía que en
cuanto saliese le podía ocurrir alguna desgracia. Por circunstancias de la
vida, hubo que forzarlo a que saliese a la calle, y, ¡misterio de la
naturaleza!, unas horas después moría sin tener ninguna enfermedad grave.
Y es que nada se puede dar por
seguro, por extraña que parezca una cosa ¡Es tan grande el misterio que
encierra la mente humana! Una buena disposición de ánimo puede mejorar un
estado de salud, como también el miedo y la sugestión pueden matarnos.