Funeral
por los años consumidos, fiesta por los que quedan. Aquellos murieron, estos se
resisten a dejar la vida. Aquellos, son realidad; estos, son misterio. Vivir un
años más, para celebrarlo. Celebrar lo que ya se ha consumido. Y
así, felicitarnos por todo lo vivido.
Sin
tiempo para más oportunidades, sin fuerza para más lucha, me dejo llevar por la
voracidad del reloj de la vida. Caminar sin retorno, aunque volviendo la vista
atrás para ver si me siguen los recuerdos. Miedo a que se borren los archivos
de la memoria, miedo a dejar de saber mi nombre, miedo a no reconocer mi cara
en el espejo. Y con la prisa de la incertidumbre del misterio, hago recuento de
lo vivido, de las cosas que pudieron ser y nunca fueron, de los sueños que
quedaron solo en eso, en sueños. Son ceniza, y de la ceniza no crece
nada, Solo quedan sueños de viejos, que son los sueños de desengaños del
vencido. De historias inconclusas, de batallas abandonadas antes de perderlas.
Las que se cuentan como triunfos, aunque no fuesen otra cosa que derrotas.
Porque en el pulso de la vida, al final, siempre somos vencidos. Y en el relevo
generacional vendrán otros a recoger el testigo que nosotros no tenemos fuerza
para seguir enarbolando…Y vuelta a empezar, con nuevas maneras y nuevo ímpetu
en la línea de salida. Cometerán los mismos errores que nosotros cometimos, y
el mundo seguirá girando a su capricho y a la voluntad del destino que fija las
reglas de juego de los humanos. La vejez es el momento de la
reflexión y de contar hazañas, es el momento de ser abuelo para los nietos, y
el ignorado para los jóvenes.
Soñar
no cuesta nada, yo sueño y pregunto: ¿nos veremos aquí el año que viene?