SEAS BIENVENIDO, 2011
El tiempo no envejece, envejecemos nosotros.
¿No tiene la misma energía el año que acaba que el que empieza? El sol sale todos los días para las mismas estaciones, y en resumidas cuentas, son estas las que nos recuerdan que estamos envejeciendo, y quizás el tiempo no se haya movido del mismo sitio. Sin embargo, como nos gustan las despedidas y los recibimientos, ponemos la mejor cara y vestimos la mejores ropas para decirle adiós al ya anciano año 2010, y con renovadas energías le damos un abrazo de bienvenida al recién nacido 2011. Y con el aturdimiento de tanta fiesta y jolgorio, apenas nos damos cuenta de que hemos pasado la frontera del tiempo. Ni siquiera sabemos la consigna que el viejo le ha dado al joven. Pero, en nuestro deseo e iluso afán de ser hoy más felices que ayer, cerramos los ojos para pensar que el año que empieza será mejor que el que ha acabado. Pues lo empezamos con nuevos brios, con renovadas intenciones, con muchas promesas, con optimismo y ánimos. Puede que todo eso ayude para que se obre el milagro de ver nuestros sueños cumplidos.
Yo, humilde escritor de frases sin sentidos, soy muy ambicioso en mis peticiones. Deseo que desaparezcan tantas calamidades como azotan a la humanidad, la igualdad para razas y personas y la solidaridad y la tolerancia. Y a nivel más íntimo, le deseo un feliz año 2011 a todas las personas que hayan cruzado conmigo una palabra hablada o escrita, un pensamiento, una sonrisa o una mirada, o que se asomen a la pantalla del ordenador para participar de mis buenos deseos a todos:
¡¡¡ FELIZ AÑO NUEVO!!!
SOLDADO ESPAÑOL EN SIDI-IFNI
Aparecía en una foto que no era la de un niño vestido de soldado, era la de un soldado de verdad, del año 1957. De un combatiente en una guerra escondida en lo más profundo del olvido. Negada en los documentos oficiales, y ni siquiera la historia esta segura que aquellos hechos ocurrieran. Sin embargo, es un doloroso recuerdo para los soldados que participaron en el conflicto armado del África Occidental Española. Unos, dejaron allí sus vidas; otros, la salud; otros, volvieron con el ánimo dañado ¿Qué consecuencias tuvo para el niño de la imagen aquella contienda? ¿Curó el tiempo sus heridas o, a pesar de los años transcurridos, siguen sangrando? Además, seguro que ha convivido con el incurable e invisible fantasma del daño psíquico. Pobre soldado, que ni su entrega ni su patriotismo merecieron ningún reconocimiento.
Lejos quedan los recuerdos de los años 1957-58 en Sidi Ifni ¿Quién se acuerda ya de aquellos soldados, mal vestidos, mal calzados, hambrientos y sedientos y luchando en un territorio extraño por unas razones desconocidas?
YA NO ESPERO NINGÚN MILAGRO.
Hablaré de mí como enfermo de una enfermedad rara con unos síntomas muy especiales. Y no es que no me importen otros enfermos, con otras enfermedades, es que es la mía la que mejor conozco. Convivo con ella desde hace cincuenta años, veinticuatro horas cada día. En todo ese tiempo, los profesionales de la medicina me han dicho muchas cosas, que para mí se traducían en esperanza. Sin embargo, yo sigo temblando, y eso después de conferencias y consejos de hombres sabios. Me he ilusionado con noticias de avances de la ciencia. De artilugios inventados, de cirugía y fármacos aireados en los medios de comunicación. Y a pesar de todo, yo sigo temblando. Y así he ido envejeciendo, y al mismo tiempo han envejecido la esperanza y los sueños y se han convertido en unos incrédulos. Con toda mi alma, quiero seguir creyendo que la ciencia puede hacer milagros, quiero que vuelva la fe, quiero continuar engañándome para poder vivir con alguna ilusión. Me conformaría con unas pastillitas que redujesen mi temblor en momentos puntuales. Que pudiese hacer lo que me gusta, hacer lo que quiero, y no lo puedo. Se inventan grandes cosas, y no obstante, un simple calmante se resiste al talento humano. Y siento rabia cuando un médico me dice lo que me conviene, como he de vivir y hasta se atreven a decir que siente un enfermo. Cada uno representa su papel, pero el que sufre es el enfermo.
Llega ya un momento que se siente uno impotente y desesperado. Mi cuerpo no obedece. Ni siquiera puedo coger algo de encima de la mesa, pasar las páginas de un periódico, tomar un vaso de agua o limpiar los cristales de las gafas. Sentir rabia cuando te das cuenta que la gente no te entiende cuando hablas, o cuando te cuelgan el teléfono…Y mientras hay esperanza el sufrimiento es soportable, pero cuando no la hay, y encima has envejecido esperando, la vida deja de tener sentido. Es dejar pasar el tiempo de días entre grises y negros. Cuesta admitir la derrota, cuesta aceptar la realidad, cuesta mirarse y verse enfermo, y quizás sea por eso por lo que no tiras la toalla y consumes el tiempo peleando.
Ahora estoy seguro que no tendré tiempo de beneficiarme de los adelantos de la ciencia. O yo nací demasiado pronto o la ciencia es muy lenta. O tal vez la enfermedad es una característica de mi cuerpo, en tal caso, no queda más remedios que resignarse y no prestar oídos a los avances médicos. Y la desesperación, rumiarla a solas.
En este momento estoy mal de ánimos, pero será como una nube que pasa y deja azul el cielo.