La anécdota que voy a contar en estos tiempos pasaría casi desapercibida, porque hoy no existe el sentido del ridículo que había entonces. Cada cual viste como quiere y como puede, y no hay nada que pueda sorprendernos, pero hace cerca de 40 años el comportamiento y maneras eran muy tenido en cuenta.
Compartiendo espacio con el cura, el monaguillo y los novios en el altar mayor de una iglesia, me encontraba yo como fotógrafo contratado para hacer el reportaje de boda. Al principio todo iba bien, hasta que observé como los invitados de los primeros bancos me miraban y reían como locos, les siguieron otros invitados, al final reían todos. Yo me miraba con disimulo, me palpaba por todo el cuerpo, revisaba las cámaras fotográficas y el flash, no encontraba nada fuera de lo normal. En algún momento me miraron los novios y comenzaron a reír, y el cura, y el monaguillo. Aquella boda se convirtió en un cachondeo. Y yo me tocaba con desesperación el cuerpo, la cara, la boca, la nariz, las orejas, la cabeza, todo bien, me encontraba más bonito que un San Luis. Qué es lo que pasaba? Cuál era el motivo de la risa? Parecía que no había duda, la razón estaba en mí. La boda no se suspendió, continuó en medio de aquel jolgorio. El cura con sus bendiciones, yo haciendo fotos.
Se me empañó un poco la lente de la cámara y, según era mi costumbre, cogí la punta de la corbata para limpiarla, y fue entonces cuando me dí cuenta de la razón de tanto cachondeo. Yo vestía un traje impecable y una bonita corbata, pero, con las prisas, debajo del traje se me veía la barriga. Se me olvidó ponerme la camisa.