Quizás porque la gente tenía menos cosas con las entretenerse o que tuviera un sentido del humor más cercano, era que el día de los Santos Inocentes no pasaba tan desapercibido que ahora. Entonces, a cuenta del día, se gastaban muchas bromas, de las más simples a las más jocosas y sencillas. Y abusando de la amistad y el parentesco, se colocaban monigotes recortados de papel en las espaldas de las víctimas elegidas, se pedía dinero prestado para dar un susto, se difundían rumores y noticias de lo más pintorescas. Y todo era de boca a boca y de lo más casero.
Ahora, sin embargo, parece que la exclusiva de las inocentadas las tienen los medios informativos, que están en las mejores condiciones de fabricar y difundir noticias falsas para gastar bromas. Y como hoy es posible creer cualquier cosa, desde lo más raro a lo más estrambótico, pues, ni siquiera nos molestamos en pensar si lo que nos dicen es verdad o mentira. Porque, en el fondo, nos parece lo mismo que vienen contando todo el año.
El inconveniente que tiene esta forma de dar inocentadas es que hay que estar pendiente de la prensa y de todo aquello que da noticias escritas, con voz o con imágenes. Cuando yo era niño, ya hace muchos años, la broma nacía en la calle y por la calle rodaba. Claro que tampoco había otra forma de difundirla.
Esperemos del ingenio y de la técnica, que este año encuentren bastante material para confeccionar buenas inocentadas. Todo menos que la risa y la sonrisa se queden a medias, y además, que sean digestivas.