No se le puede negar imaginación a la industria del juguete, que ha creado un mundo en miniatura para los más pequeños. Un mundo de fantasía que imita la realidad más agradable y colorida. Los más bonitos personajes de los cuentos de hadas. Esculturas de niños felices, con movimientos a pilas. Con funciones de personas. Con caras alegres y voces cantarinas. Y máquinas y artilugios con más funciones que los que usamos los mayores en la vida. Animales con simpáticas caras, caras de niños buenos. Que producen agradables sonidos, y hasta hablan en su idioma. Y todo tan fantásticamente perfecto, que ni los sueños pueden mejorarlo. Tanto, que es fácil que la imaginación confunda la realidad con el mundo de los niños. Y todo es posible: que el coche de policía corra solo y con aullido de sirenas; que la muñeca coma y beba, haga pis y llore; que el gato maúlle y el perro ladre. Todo es posible, mientras que no se agoten las pilas. Energía y vida de ese mundo a escala reducida.
Mientras veía el pequeño perrito moviéndose por la acera a los impulsos del mando a distancia de una niña, pensé que tal vez algún día los habría que, además de moverse y ladrar, se cagarían en la calle, morderían, correrían tras una perra salida, e irían a comprar el periódico. Y estos perros tendrían la ventaja que cuando se canse uno de ellos, no habría que abandonarlos, bastaría con quitarle las pilas.
Perfectos juguetes copiados de lo más bonito de la vida, pintados con hermosos colores y libres de espinas. Transformada realidad en la más bella fantasía. Armas infantiles para iniciarse en la vida. De todo, lo que no me gusta es que las muñecas lloren, porque las lágrimas nunca deben de formar parte del juego.