Del resultado de unas elecciones
se hacen muchas lecturas, pero el resultado del recuento de votos se nota tanto
en las caras como en las palabras. No debe de ser fácil asumir una derrota en
las urnas, tanto por no conseguir el poder deseado, como por no ver lo contento
que se pone el enemigo ganador de los comicios. Al fin y al cabo, también los
políticos son humanos. Pese a que no se sonrojan cuando mienten, ni pierdan los
nervios cuando se cabrean. Son elegantes hasta cuando ofenden.
Muchas veces me pregunto que
pasaría si en unas elecciones se formaran grandes colas de votantes en los
colegios electorales. Familias enteras esperando con sus papeletas en la
mano. Emocionados y deseosos de cumplir con su deber de buen
ciudadano. Que hubiese una participación del noventa por ciento o del cien por
cien. Vaya, como en los mejores tiempos de la dictadura, que votaban hasta los
electores que ya se encontraban en la lista de los muertos. Que la gente esta
loca por votar, y que para demostrarlo acude en desbandada a las urnas. Los
políticos haciendo palmas de alegría y los medios informativos preparando
ediciones especiales…
Y llegado el recuento de votos,
¿qué lectura se haría si la mayoría de las papeletas fuesen en blanco? ¿Se
pensaría que es el voto del cabreo? Aunque, yo creo, que ni aún así, con
ese resultado, los políticos admitirían que han perdido la confianza de la
gente y seguirían considerándose ganadores aunque hayan obtenido sólo cincuenta
votos
