miércoles, 13 de febrero de 2013

SÓLO UNA ANÉCDOTA.



La Feria de Muestras era muy importante, como también lo era el nombre de Servicios Fotográficos de Feria, y, sin embargo, el jefe responsable de ese servicio era un modesto fotógrafo. Y así mismo era modesto,  tirando a miserable, el cuarto de la limpieza que le asignaron como laboratorio. Situado debajo del hueco de unas escaleras y al lado de los servicios  y aseos. Aquel improvisado laboratorio no tenía ventilación, ni agua corriente. Lo más útil que encontré fue un enchufe y una bombilla en el techo, que cambié por una lámpara roja de seguridad para revelar  fotos. Y en el enchufe coloqué un flexo y la ampliadora que instalé sobre una mesa al fondo de aquel largo y estrecho túnel lleno de cubos, fregonas y escobas. Olvidaba decir que el agua la cogía de los servicios y que la puerta de mis dominios no se cerraba por dentro. No obstante, ni con la puerta abierta y la luz roja se veía mi espacio de trabajo.

Y no diré que trabajar en aquel cuchitril de la limpieza fuese agradable, pero no negaré que fue muy divertido. Hasta me entretenía haciéndome apuestas a mí mismo de quien lo conseguiría, de quien saldría despavorido, de quien quedará quieto como estatua o quien regresaba para asegurarse de lo que le parecía haber visto y oído.

Y es que la cosa no era para menos. El personal confundía la puerta de mi laboratorio con los servicios y aseos, y se colaban hombres, mujeres y niños a aliviar la vejiga. Con la luz roja y mis gritos al fondo, es de imaginar que muchos de los meones creyeran verse en la antesala del infierno. Y hubo quien se meó, no sabremos si de miedo, pero la mayoría daban las espantadas asustados, y muchos hasta con el pito en la mano.

Entonces y ahora, me parecen divertidas anécdotas que a todos nos van ocurriendo a lo largo de la vida.