La Feria de Muestras era muy
importante, como también lo era el nombre de Servicios Fotográficos de Feria,
y, sin embargo, el jefe responsable de ese servicio era un modesto fotógrafo. Y
así mismo era modesto, tirando a miserable, el cuarto de la
limpieza que le asignaron como laboratorio. Situado debajo del hueco de unas
escaleras y al lado de los servicios y aseos. Aquel improvisado
laboratorio no tenía ventilación, ni agua corriente. Lo más útil que encontré
fue un enchufe y una bombilla en el techo, que cambié por una lámpara roja de
seguridad para revelar fotos. Y en el enchufe coloqué un flexo y la
ampliadora que instalé sobre una mesa al fondo de aquel largo y estrecho túnel
lleno de cubos, fregonas y escobas. Olvidaba decir que el agua la cogía de los
servicios y que la puerta de mis dominios no se cerraba por dentro. No
obstante, ni con la puerta abierta y la luz roja se veía mi espacio de trabajo.
Y no diré que trabajar en aquel
cuchitril de la limpieza fuese agradable, pero no negaré que fue muy divertido.
Hasta me entretenía haciéndome apuestas a mí mismo de quien lo conseguiría, de
quien saldría despavorido, de quien quedará quieto como estatua o quien
regresaba para asegurarse de lo que le parecía haber visto y oído.
Y es que la cosa no era para
menos. El personal confundía la puerta de mi laboratorio con los servicios y
aseos, y se colaban hombres, mujeres y niños a aliviar la vejiga. Con la luz
roja y mis gritos al fondo, es de imaginar que muchos de los meones creyeran
verse en la antesala del infierno. Y hubo quien se meó, no sabremos si de
miedo, pero la mayoría daban las espantadas asustados, y muchos hasta con el
pito en la mano.
Entonces y ahora, me parecen
divertidas anécdotas que a todos nos van ocurriendo a lo largo de la vida.