Cuando hay más divorcios y
separaciones, más se acuerda la gente del Día de los Enamorados. Con lo que no
es de extrañar que San Valentín esté desconcertado, o tal vez, esté mondándose
de la risa, o esté
cabreado si piensa que lo están tomando por el pito del sereno. Hasta puede que se esté planteando cambiarse al enemigo y convertirse en el Patrón de los Divorcios, o irse directamente al paro.
cabreado si piensa que lo están tomando por el pito del sereno. Hasta puede que se esté planteando cambiarse al enemigo y convertirse en el Patrón de los Divorcios, o irse directamente al paro.
Y no es para menos. Por la
facilidad con que la gente se enamora y se desenamora, se casa y se descasa, se
quiere y se insulta, se…y sin embargo, ¡es tan bonito el amor! Y dure lo que
dure, o aunque sólo dure un rato. Y ni siquiera hay que hacerle un funeral,
porque pronto se podrá reemplazar por otro. Además, apenas sin darse cuenta que
se ha cambiado de pareja. Las promesas, los besos y las caricias valen lo mismo
para unos que para otros. Aceptemos los tiempos como vienen.
Vivimos en tiempos de separación
de bienes, de no hacer proyecto para un futuro lejano, pues en cualquier
momento es necesario hacer el reparto de lo conseguido en la vida del día a
día. Y las parejas, aparentemente, se quieren mucho, pero han de repetírselo
hasta el agotamiento, algo así como si tuviesen duda de la verdad de los
sentimientos.
Antes, San Valentín tenía a casi
todos los enamorados como clientes fijos, ahora tiene que andar preguntando,
algo cohibido, quién es el amor de quién. Y ni aún así, acierta
siempre. La verdad es que con las flechas va perdiendo la puntería
No era cosa de publicar esto el
14 de febrero. Enamorados los ha habido, los hay y los habrá siempre. Y mis
felicitaciones y mis respetos para ellos. Mis reflexiones van dirigidas a los
tiempos tan inciertos que estamos viviendo: la soledad del progreso y la
rebeldía de los sentimientos.