miércoles, 31 de julio de 2013

SUERTE PARA NACER, PARA VIVIR Y PARA MORIR


Se dice que hasta para nacer hay que tener suerte.  Esa es la primera suerte, después viene la de la vida y, por último, la de la muerte. Hay para quién todas son buenas y hay para quien todas  son malas. Unos nacen ricos, poderosos, sanos, guapos e inteligentes y otros sin nada, o a los más con un mendrugo de pan bajo el brazo, enfermos, feos y con pocas luces.  No se pude decir que todos salgan de la meta con las mismas ventajas. El dinero hace el triunfo mucho más fácil, y hasta los feos parecen más guapos y los tontos más inteligentes. Lo contrario de lo que pasa sin dinero: que los defectos aumentan de tamaños y la fatalidad enseña la cara más fea. Ni siquiera la naturaleza es justa con los seres humanos. Los hay que nacen ya con premio y, en cambio, otros ya vienen con el castigo incorporado.

Y la suerte de la vida, está muy ligada a la suerte de nacimiento, que recibe con los abrazos abiertos a quien con poco esfuerzos viene con el porvenir resuelto. Nacer rey o súbdito, esclavo o amo. Y siempre estará la sociedad para recordarnos los motivos de la suerte y de la sabía naturaleza para que seamos diferentes y que los derechos no sean los mismos. Y con la hipocresía de los cínicos mejor situados, se habla de la igualdad entre los seres humanos. Es cierto que se tiene la libertad para intentar cambiar el destino, pero el destino es incorruptible, sordo y  ciego y siempre acaba haciendo lo que le da la gana. Deja que nos ilusionemos solo porque unos pocos consiguen el triunfo que hace que parezca que mejorará la situación de generaciones de sus herederos. Los demás, caer y levantarse. Y la cuenta  de resultados, más fracasos que triunfos. Millonarios, sin embargo, en calamidades, catástrofe y enfermedades. Que es con lo que más generoso se muestra el destino. Es vivir sin levantar cabeza, porque las calamidades atraen calamidades.

Y así vamos consumiendo la vida. Unos con las ventajas de su nacimiento, y los otros con los inconvenientes del suyo.

Y también para morir hay que tener suerte. La muerte, aún siendo el final, no es igual para todos. La suerte no está en el momento que dejamos de respirar, está en lo que antecede. Está en la enfermedad o en la fatalidad y en la violencia. Está en una larga y lenta agonía, está en la soledad y el sufrimiento. Es suerte abandonar este mundo con rapidez y sin grandes dolores.

Suerte para nacer, suerte para vivir y suerte para morir.