Hasta
para los caballos hubo un tiempo de esplendor. Aquel del auge del ladrillo, de
la arena y del cemento y el de los albañiles con cascos en la cabeza y encima
de los andamio o dirigiendo el brazo de una grúa, apuntando al cielo con el
mando que hacía chirriar los hierros. Aquel de constructores, bancos y gente
espabilada haciendo dinero. Unos levantando pisos, otros prestando dinero y
otros muchos, haciendo chanchullos.
Fue
época dorada para los caballos. Muchos de aquellos nuevos ricos del ladrillo
del trabajo o de la suerte, en un alarde de vanidad, pensaron que para que se
notara bien su nueva posición social de importantes ricos, no había nadan más
llamativo que ser dueño de un caballo, muchos caballos o cuadras enteras. Y en
sus conversaciones más distinguidas hablaban de yeguas, de potros y de puras
sangres. Con algunos de los caballos hasta habían llegado a tener un trato muy
cercano y los trataban con orgullo, como a viejos camaradas. Quizás valiéndose
que el caballo no iban a divulgar sus secretos, puede que hasta les contarán
sus cosas más íntimas. O como aquel alcalde de un importe pueblo andaluz, que
le pidiese al inteligente animal consejos para el gobierno municipal.
¡Si
esos caballos hablaran!
¡Pobres
animales! ¡Mimados en tiempos de opulencia, victimas en estos tiempos de
crisis! Como a perros viejos se les abandona a su suerte o se les sacrifica
para hacerlos dinero, poniendo así punto final a tiempos de abundancia y del
derroche más exagerado.