martes, 13 de agosto de 2013

LOS CABALLOS DEL DINERO

Hasta para los caballos hubo un tiempo de esplendor. Aquel del auge del ladrillo, de la arena y del cemento y el de los albañiles con cascos en la cabeza y encima de los andamio o dirigiendo el brazo de una grúa, apuntando al cielo con el mando que hacía chirriar los hierros. Aquel de constructores, bancos y gente espabilada haciendo dinero. Unos levantando pisos, otros prestando dinero y otros muchos, haciendo chanchullos.

Fue época dorada para los caballos. Muchos de aquellos nuevos ricos del ladrillo del trabajo o de la suerte, en un alarde de vanidad, pensaron que para que se notara bien su nueva posición social de importantes ricos, no había nadan más llamativo que ser dueño de un caballo, muchos caballos o cuadras enteras. Y en sus conversaciones más distinguidas hablaban de yeguas, de potros y de puras sangres. Con algunos de los caballos hasta habían llegado a tener un trato muy cercano y los trataban con orgullo, como a viejos camaradas. Quizás valiéndose que el caballo no iban a divulgar sus secretos, puede que hasta les contarán sus cosas más íntimas. O como aquel alcalde de un importe pueblo andaluz, que le pidiese al inteligente animal consejos para el gobierno municipal.

¡Si esos caballos hablaran!


¡Pobres animales! ¡Mimados en tiempos de opulencia, victimas en estos tiempos de crisis! Como a perros viejos se les abandona a su suerte o se les sacrifica para hacerlos dinero, poniendo así punto final a tiempos de abundancia y del derroche más exagerado.