Una
persona pesimista se pasa la vida vaticinando desastres, y disfruta
cuando acierta con alguno de los pronósticos. Se equivoca muchas más veces que
acierta, pero de esos fallos no recuerda si dijo algo.
Si
se teme como si no se teme, las cosas buenas o malas, pasan porque tienen que
pasar. Y nada podemos hacer con la fatalidad o la suerte que no controlamos. De
nada sirve lamentarse de haber tomado una decisión y no la contraria. Lo más
que podemos hacer es calcular probabilidades, pero tampoco eso es garantía de
éxito. Y como no somos infalibles ni las cosas del destino se pueden repetir
dos veces, lo más saludable es aceptar lo que venga y sin quejarse ni culparse
de nada.
Un
pesimista no es el mejor talismán para andar por la vida. Predicen penas y muy
pocas alegrías. Su frase más repetida es: ¡Ya te lo dije! De tanto predecir
desgracias hasta parece que aciertan con todas.