La
gente importante roba al por mayor, y son los mayoristas de la estafa y de la
corrupción. Sin embargo, si un día descubren sus trapicheos, juran y perjuran,
con caras de suficiencia y hasta de cachondeo, que ni han cometido delitos ni
tampoco pecado. Y para colocarlos siquiera en la categoría de presuntos, se
necesita mucho tiempo, muchas declaraciones, muchos papeles y muchas horas de
información y debates en la prensa. Y todo, en muchos casos, para
nada: o la justicia acaba mareada y aburrida, o prescribe el delito, o con
suerte para el presunto si al fin es condenado, le llegue un indulto o un
tercer grado tempranero, regalo de los amigos o colegas. Hoy por ti y mañana
por mí.
Los
delitos de abuso de poder, de corrupción y de robo a los
contribuyentes, deberían de juzgarse en juicio rápido,
con jurado popular y abogado de oficio. Y que para condenar bastase como
prueba, la simple sospecha y que el juez se acuerde de ese refrán que dice que
“cuando el río suena, agua lleva”. Tal vez esta esa una buena fórmula para
hacer limpieza de la vida pública y descongestionar los juzgados de trabajo y
papeles, que en muchos casos, acaban en papel mojado.
Seguro,
seguro, que los aficionados al enriquecimiento rápido, se lo pensarían dos
veces antes de meter la mano en la caja, y mucho menos estrechar lazos o avalar
a colegas y a delincuentes. Y para que la dicha y la reparación fuesen
completa, sería bueno que devolviesen hasta la
calderilla robada al país y a la gente. Sin embargo, en
esto no hay que confiar mucho, porque, no pocas veces, el dinero se diluye como
por arte de magia, y a los presuntos o condenados delincuentes, hasta la
declaración de la renta les puede salir negativa, aunque el robo o estafa
cometida sea millonaria.
En
este momento hablan en televisión de un juez en dificultades porque un día
metió en la cárcel a un banquero presunto delincuente de una estafa millonaria.
¡Qué
tormento señor, qué tormento!