La
gente que me ve paseando por la calle en silla de ruedas, dice que estoy muy
jodido. Sin embargo, yo me siento bien y pienso que exageran. Todo el mundo
sabe de mi enfermedad, y yo sin darme cuenta. En el fondo, puede que esté aterrado
por descubrir un día que estoy enfermo. Pero hasta que llegue ese momento,
procuro vivir como si estuviese sano.
¡Es
tan fácil ser feliz engañándose! Porque, de verdad, para ser feliz hay que
estar un poco loco. No ser consciente del todo de la realidad que nos rodea, ni
de cual será el futuro que nos espera.
No
me gusta hablar de enfermedades ni tampoco del tiempo. En ninguna de las dos
cosas puedo influir para mejorarlas, ¿entonces para qué preocuparse? Quiero ser
un enfermo ignorante, quiero ser un ateo de la ciencia. Ya fui creyente
esperanzado y así he llegado a viejo. Y además convencido que, al final, todas
las enfermedades tienen cura, con el único inconveniente, que cuando
llegue ese momento el cuerpo no tendrá alegría para celebrarlo.
Sí
la impotencia y la desesperación pudiesen hablar, ¿qué dirían de mí, silla
de ruedas?